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El payo de la memoria - De cabras y un cabrero
Published 1 year, 9 months ago
Description
CABRAS Y UN CABRERO
El monte estaba muy limpio cuando Quecedo tenía un buen rebaño de cabras. Lo podemos confirmar los que en los años 60 formábamos una chavalería que bajaba de Pilas a Santillán monte a través, corriendo y saltando por unas laderas pedregosas donde afloraban muchas rocas entre una cantidad razonable de arbustos. Actualmente este espectáculo sería imposible, no solo porque no hay niños, sino también porque desde los años 80 hay una tupida y cerrada vegetación de arbustos que lo cubre todo. El monte es ahora una selva, y mi memoria es otra selva, llena de recuerdos que quisiera contar. ¿Me dáis permiso? Pues, si es así, empezaré rescatando del olvido a un cabrero.
Julián era un hombre joven que tenía una planta impresionante. Muy alto y de hombros anchos, con el pelo rubio y los ojos azules, un gran morral de piel de cabra en bandolera, llegaba del monte al atardecer, caminando con grandes zancadas, apoyando apenas en el suelo una larga vara de pastor. Su rostro era anguloso y serio, de tez curtida por el frío y el sol, con facciones nobles y duras esculpidas por el viento regañón. Después de devolver a sus dueños las cabras del rebaño que él pastoreaba todos los días, Julián regresaba a su casa de la calle de la Revilla con las cuatro cabras que eran de su propiedad.
Allí, en la calle de la Revilla nº 4, esquina al callejón de La Hoyuela, le esperaba su esposa, Milagros Díaz Alcalde, una mujer nacida en El Almiñé que entre 1961 y 1965 trajo al mundo cuatro hijos e hijas, y más tarde otra niña más. Esto lo he comprobado en un padrón, y se corresponde casi fielmente con mis recuerdos: cada vez que yo iba a veranear a Quecedo, Milagros tenía una criatura más que el año anterior. Para mí que tanta fertilidad tenía que ver con la suculenta leche de cabra, que le daba a Milagros una fuerza extraordinaria, no solo para parir criaturas, sino para bregar todos los días con aquella tropa. Solía darse el caso, por ejemplo, de que uno de sus niños se metía de patas en la agüera que cruzaba la calle, mientras otro trepaba por el tronco de la parra a riesgo de romperse la crisma, y un tercero berreaba, a saber por qué. Entonces Milagros, a la que recuerdo vestida de negro y siempre con un niño en brazos, soltaba aquello de “me […] en la madre que os parió” y una retahila de palabras fuertes, porque era un encanto de mujer, pero en circunstancias extremas solía ser muy castiza. La cosa llevaba a que mi abuela, una señora muy estricta en la lucha por el decoro y contra la blasfemia, asomara la cabeza por la ventana de la cocina gritando “¡Milagros, hija, te voy a lavar la lengua con estrapajo!”. Y la respuesta de la apurada mujer siempre era: “Ay, señora Juanita, perdone, es que estos hijos me vuelven loca.” Y mi abuela le daba la absolución, cómo no, porque le había cogido cariño a Milagros, y bien que la echó de menos cuando en los años 70 aquella familia emigró.
Y es que las botellas de leche de cabra que la mujer del cabrero vendía a la señora Juanita, además de alimentarme a mí, tenían mucho que ver con el éxito que cosechaban las cremosas y deliciosas croquetas y natillas que hacía mi abuela. Nada como la leche de cabra.
Pero, volvamos al cabrero y su familia. Gracias a los datos de Juanra Seco, y a lo que vi en un padrón que se guarda en el Ayuntamiento, puedo decir que el pastor se llamaba Julián Sedano y Santamaría, nacido en Quecedo el 23 de junio de 1935, siendo hijo de Felipe Sedano De la Torre y de Francisca Santamaría Expósita. A estos también los conocí: la señora Paca, que criaba unos cerdos enormes, y el señor Felipe, que era guarda jurado. Él falleció poco antes de 1960, y ella poco después de ese año. Y recuerdo a una hermana de Julián, llamada Lipa, que también era rubia y de ojos azules, muy guapa y elegante, simpática y alegre. Lipa se fue a trabajar, creo que a a Burgos, hacia 1960 y solo volvió unas pocas veces, de visita. Según el padrón de Quecedo de 1965, los cuatro primeros hijos de Milagros y el p