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Rob Halford se confiesa
Season 1
Published 5 years, 5 months ago
Description
Recuerdo a mis trece, catorce años aprendiendo de música y de Heavy Metal que Judas Priest para ese momento sonaba viejo a mis oidos, por lo menos sus sencillos, las canciones aparentemente más conocidas se me hacían un poco pasadas de moda aunque el sonido de la grabación fuera moderno, Breaking the Law y Living After Midnight no le llegaban ni por las curvas a Aces High de Maiden o a Mr. Crowley de Ozzy Osbourne. Recuerdo también que desde el primer momento, la pinta de Robert Halford era claramente gay, en una película adolescente muy conocida y que todos habíamos visto, Locademia de Policías de 1984 se mostraba un bar Gay llamado la Ostra Azul donde todos los presentes se vestían de cuero, sin mangas, sin camisa y sombreros policiales, justamente, el vestuario de Rob.
Rob Halford tardaría veinticinco años para salir del closet y decirnos lo que todo el mundo ya sabía, y en su momento parecía un chiste, algunos lo señalaron de oportunista, sin embargo, al parecer para Rob había sido una pesada carga que había llevado muchos años en secreto, pero tal vez no por razones personales sino profesionales, de todas maneras lo último que consideré fue su aparente oportunismo, ya que recordé una situación bastante triste, que seguro le daba la razón a Halford, en 1991, hace casi treinta años, llegando a Bogotá a estudiar en la universidad viví por un año en una residencia estudiantil de una comunidad religiosa, que no es la Jesuita, ubicada en un barrio exclusivo de Bogotá, dentro de esta comunidad de jóvenes estudiantes privilegiados y otros miembros de esta comunidad religiosa se vivía una pequeña república, donde al menos para mí vivir en el ático era lo mejor, la habitación del ático en su momento la tenía tal vez el personaje preferido por los directores de la exclusiva residencia de estudiantes, nuestro compañero era un adelantado estudiante de medicina de una de las mejores universidades de Colombia, que a su vez era un melómano aventajado admirador de Pink Floyd, David Bowie, Depeche Mode con una colección de música increible.
Algo atormentado pero aparentemente armado de valor poco a poco saldría del closet, al siguiente semestre ya no estaba, al parecer había pasado de ser el preferido de la casa a persona no grata, y no puedo olvidar una conversación que tuvimos donde me contaba la infinita soledad que significaba para él ser gay, cuando supe que Halford finalmente había salido del closet, como se suele decir, lo último que se me vino a la cabeza fue criticarlo.
Hoy, leyendo Confess, la autobiografía de Rob Halford, quedo de una pieza, Robert por fin logra describir su vivencia personal, y aquí abro comillas:
En 1980 me encontraba en un lugar extraño. Me encantaba pertenecer a Judas Priest más que nunca; habíamos grabado un álbum al que consideraba realmente una obra maestra; y nos estabamos haciendo realmente exitosos a ambos lados del Atlántico. Nuestra carrera no podía ser mejor.
Pero, aparte de los discos de oro y las taquillas agotadas… cuando apagaba las luces cada noche y me tumbaba en mi cama (malhumorado, siempre malhumorado) en otro cuarto de cualquier hotel, o (ocasionalmente) en mi dormitorio en Yew Tree State, me sentía frustrado e infeliz. Y solo.
Habían pasado cinco años desde que había visto a Jason. Aparte de extraños tropiezos y manoseos aleatorios, había estado solo desde ese momento… y no simplemente solo, sino además forzado a suprimir mis deseos, mis necesidades, a mí mismo. Tenía que vivir una mentira sofocante, o matar a la banda que amaba.
Fuera de esa habitación yo era Rob Halford de Judas Priest, símbolo másculino y emergente dios del Metal. Dentro, yo era Robert John Arthur Halford, un triste y confundido chico oriundo del País Negro llegando a sus treintas, anciando la fruta prohibida de la compañía íntima masculina.
Era imposible para mí tener una pareja como la gente normal heterosexual que no era famosa – Yo sabía eso. Lo máximo que podía esperar
Rob Halford tardaría veinticinco años para salir del closet y decirnos lo que todo el mundo ya sabía, y en su momento parecía un chiste, algunos lo señalaron de oportunista, sin embargo, al parecer para Rob había sido una pesada carga que había llevado muchos años en secreto, pero tal vez no por razones personales sino profesionales, de todas maneras lo último que consideré fue su aparente oportunismo, ya que recordé una situación bastante triste, que seguro le daba la razón a Halford, en 1991, hace casi treinta años, llegando a Bogotá a estudiar en la universidad viví por un año en una residencia estudiantil de una comunidad religiosa, que no es la Jesuita, ubicada en un barrio exclusivo de Bogotá, dentro de esta comunidad de jóvenes estudiantes privilegiados y otros miembros de esta comunidad religiosa se vivía una pequeña república, donde al menos para mí vivir en el ático era lo mejor, la habitación del ático en su momento la tenía tal vez el personaje preferido por los directores de la exclusiva residencia de estudiantes, nuestro compañero era un adelantado estudiante de medicina de una de las mejores universidades de Colombia, que a su vez era un melómano aventajado admirador de Pink Floyd, David Bowie, Depeche Mode con una colección de música increible.
Algo atormentado pero aparentemente armado de valor poco a poco saldría del closet, al siguiente semestre ya no estaba, al parecer había pasado de ser el preferido de la casa a persona no grata, y no puedo olvidar una conversación que tuvimos donde me contaba la infinita soledad que significaba para él ser gay, cuando supe que Halford finalmente había salido del closet, como se suele decir, lo último que se me vino a la cabeza fue criticarlo.
Hoy, leyendo Confess, la autobiografía de Rob Halford, quedo de una pieza, Robert por fin logra describir su vivencia personal, y aquí abro comillas:
En 1980 me encontraba en un lugar extraño. Me encantaba pertenecer a Judas Priest más que nunca; habíamos grabado un álbum al que consideraba realmente una obra maestra; y nos estabamos haciendo realmente exitosos a ambos lados del Atlántico. Nuestra carrera no podía ser mejor.
Pero, aparte de los discos de oro y las taquillas agotadas… cuando apagaba las luces cada noche y me tumbaba en mi cama (malhumorado, siempre malhumorado) en otro cuarto de cualquier hotel, o (ocasionalmente) en mi dormitorio en Yew Tree State, me sentía frustrado e infeliz. Y solo.
Habían pasado cinco años desde que había visto a Jason. Aparte de extraños tropiezos y manoseos aleatorios, había estado solo desde ese momento… y no simplemente solo, sino además forzado a suprimir mis deseos, mis necesidades, a mí mismo. Tenía que vivir una mentira sofocante, o matar a la banda que amaba.
Fuera de esa habitación yo era Rob Halford de Judas Priest, símbolo másculino y emergente dios del Metal. Dentro, yo era Robert John Arthur Halford, un triste y confundido chico oriundo del País Negro llegando a sus treintas, anciando la fruta prohibida de la compañía íntima masculina.
Era imposible para mí tener una pareja como la gente normal heterosexual que no era famosa – Yo sabía eso. Lo máximo que podía esperar